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domingo, julio 14, 2013

Remembranzas del pulquero...
GORA, SAN FERMÍN!

Juan Mari: En Torreón, México, hoy 11 de julio de 2013 son las 14:16 hs. y estamos en la sobremesa. Allá en Navarra la noche ha caído y la fiesta levanta vapor.
He terminado de ver la retrasmisión de la corrida de Pamplona. David Mora seguro que ya se encuentra descansando en el hotel rebosante de gusto; ha sido el triunfador de la tarde y te ha brindado la muerte de su primer toro.
El Hotel Europa estará a tope como siempre, todos sudando la gota gorda para atender a la clientela sanferminera que es tan leal como ustedes a la amistad. 
Afuera, en la calle, desde la esquina, y hasta en la Plaza de Castillo la algarabía es indescriptible. Te hablo de memoria, no lo he visto en el telediario. Y no necesito estar allí en mitad de la calle para sumarme a la fiesta.
Escucho en estos momentos la música de San Fermín, me siento allá, entre ustedes, con el mágico avío de Internet.
Estoy allí abajo, en la acera oriente de Espoz y Mina, en condición virtual, aunque han pasado buenos cinco lustros desde la última vez que nos vimos y nos acabamos a morro las botellas de cava cuando los gallos cantaban en recuerdo de Mina El Mozo y los caldos estaban a punto para recomponer los cuerpos. Luego nos iríamos rápido a Estafeta para esperar el chupinazo que nos mandaban desde los corrales de El Gas y luego a sumergirnos en la marea frenética que subía con los toros hasta la plaza, sin reparar en lo húmedo y resbaloso de las baldosas, a lo que temíamos más que a los mismos pitones o la torpeza de los corredores indocumentados.
El día de hoy, en los momentos en que la televisión taurina te tuvo a cuadro y te dedicó unos instantes, no te hubiera reconocido si no es que los comentaristas te identifican y hablan de el Europa cuando el matador David Mora te arrojó su montera. 
En alguna ocasión, hace años, RTVE entrevistó a Iñaki tu hermano y no te cuento la emoción que sentí, y la fiesta que hice entonces acá.
Nada, amigo, es solo la emoción de saludarte después de tanto tiempo, con un pacharán casero en la diestra cuya receta me diste a cambio de una moneda mexicana de recuerdo en una porfía festiva, también de madrugada, en el Antoniuti. 
De este lado del charco las cosas de remembranza suelen ser más intensas y duraderas. Es normal cuando se llega a la edad “de las ilusiones”.
Para ti, para el gran Iñaki, para ustedes y tus hermanas, mis mejores recuerdos y mi gratitud por tantas atenciones inmerecidas en aquellos inolvidables Sanfermines setenteros y ochenteros.
Gora San Fermín!
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Imágen: Los Idoate Juan Mari e Iñaki con sus hermanas, hosteleros pamplonicas fuera de serie.

miércoles, febrero 23, 2011


Remembranzas del pulquero...
Tejero, 23-F, treinta años, Tanguillo del Golpe.

A mediados de julio de 1981, al día siguiente de regresar de Pamplona con los estragos de un San Fermín especialmente bravo a cuestas, el pulquero de La Virtud se encontraba esperando a alguien en una taberna de la Plaza del Cascorro en Madrid.
Era pasado el mediodía; el calor del verano carpetovetónico arreciaba y el sol hacía buscar refugio a los viandantes en sitios confortables, sombreados, y con buena dotación de líquidos fermentados y tapas decentes.
Se había pasado la mañana husmeando deleitosamente entre los interminables tenderetes y galerías del mercado de las pulgas y no dejaba de pensar en una melodía pegajosa que se escuchaba a todas horas y por todos lados en El Rastro y en toda la ciudad.
En la barra del antiguo bar que le brindaba el frescor de una caña de cerveza, la cancioncilla también brotaba del no menos vetusto aparato de radio colocado en la estantería junto al espejo, las innumerables botellas y el infaltable anuncio de los Pimientos de Padrón (unos pican y otros non).
Hasta ese momento pudo oír la pieza completa: era El tanguillo del golpe, deliciosa ocurrencia musical interpretada por un conjunto llamado “La Trinca”, que en sus letras daba puntual y jocosa reseña de lo ocurrido algunos meses antes en aquel Madrid que vio amenazada la democracia recién nacida, en el Palacio de las Cortes, a manos del coronel Antonio Tejero que pasó a la historia como el protagonista del golpe militar fallido que luego se llamaría el 23-F porque los hechos ocurrieron el 23 de febrero anterior.

Tanguillo del Golpe (Letra de Juan Palacios, música popular)

¡Quieto todo el mundo! ¡Se sienten, coño! ¡Al suelo, al suelo, al suelo…!
Aquellos guardias civiles que interrumpieron la votación
jodieron la investidura del jefe de la nación,
secuestraron al gobierno ,la prensa y la oposición.
Allí estaba Tejero, vaya un pitote,
con su tricornio negro,
su traje verde y con su bigote.
Se subió a la escalera y les habló:
“Esténse todos quietos, ay, por favor”.
Estaba la gente cagaíta de miedo
bajo sus escaños, tiraos por el suelo-
De repente “el Guti” se fue pa’l Tejero
¡Ay, coño, que susto, nos matan al viejo!
Tejero como ya dije, sin moverse de su sitio,
se puso a pegarle tiros al techo del hemiciclo.
Suárez se queda quieto, Carrillo no mueve un dedo,
y el pobre de Sagaseta, rodilla en tierra, rezando el credo,
y hasta se empinan los rizos de la cabeza del Escuredo.
¡Qué nochecita pasamos los españoles, vaya una gracia!
Si el Borbón no lo remedia, nos quitan la democracia,
las huelgas, los sindicatos y hasta la Constitución.
Los tanques, por Valencia, van como locos,
menos mal que Juan Carlos me los convence poquito a poco.
Y al ver como se pone la situación
se reúne la Junta de Estao Mayor.
Y al cabo de un rato sacan una nota
que dice: “Tejero, no seas cabezota.
Ríndete al momento, no seas desgraciao,
que los golpeteros te han abandonado”.
Tejero, sin inmutarse, sin bajarse del poyete,
le pega un corte de mangas al Aramburu Topete.
“¡De aquí no se mueve nadie, soy el Caballo de Troya!
y estoy dispuesto a cargarme
medio congreso si no me apoyan,
que estoy hasta los bigotes
de que me tomen por gilipollas”.

Hoy, 23-F del 2011, han pasado treinta años, los mismos que el hombrecillo del tricornio vaticinó pasaría tras las rejas cuando se entregó con entereza a la justicia tras ser abandonado a su suerte por los cobardes embozados de altos vuelos que urdieron la conspiración.
Parece que fue ayer y sin embargo, mucha agua ha corrido desde entonces. Los Pirineos dejaron de ser frontera con Africa, El Guti se murió de viejo; los tanques que iban como locos por Valencia, después de esa noche no volvieron a escena; Torre Narigues cerró sus puertas dejándonos sin cenar en su cueva de El Factor, Antoñete y Curro Romeo por fín se retiraron ya sesentones, y el cocido de El Callejón desapareció para siempre en La Ternera; Carrillo aún está vivo y coleando y se le ve de tarde en tarde, fumando frente a las cámaras de la TVE; Pepe Bono, que pudo oler a un metro la pólvora de la pistola del mostachón, preside ahora el Congreso, predicando juguetón con el espejo de Dorian Grey. 
Y Tejero? ...Tejero ha salido ya de la cárcel años atrás y se le puede ver con sus bigotes emblemáticos paseando tranquilo por las calles de la villa como cualquier ciudadano, nadie sabe si tarareando por lo bajines chufletas cuarteleras pasadas de moda.
Canciones como el “Tanguillo del Golpe” o las “Sevillanas del susto”, con que aquellos muchachos pícaros de La Trinca hacían desternillar de risa al pesonal, pintando con música satírica al Tejero con su tocado de charol, pegando tiros y gritos desde lo alto de la tribuna del palacio,  Quieto to er mundo!, ...al suelo toos,...al suelo!, al suelo! , ya no suenan en la radio de las tabernas, bares y casas de comidas de Madrid, Pamplona, o Veracruz, ni de ningún lado del planeta.
Solo es posible escucharlos ahora en sitios retro, decadentes, como La Virtud, que hacen de la remembranza un motivo dialéctico e irrenunciable para copiosos brindis virtuales por aquellos tiempos tan caros al pulquero de turno y a un puñado de parroquianos fantasmas de la guerra.
La cancioncilla de marras se encuentra en nuestra victrola, abajo al fondo.
Escúchela gratis, es el número 80 de la lista.

viernes, septiembre 10, 2010


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Remembranzas del pulquero.
1973: De La Moneda a Jerusalén.

Había caído ya la noche cuando llegamos, caminando por el laberinto de calles del barrio cristiano, hasta la terminal de taxis de la Puerta de Jaffa, que a esa hora hervía de bullicio y reflejaba en ocres claros, hacia el poniente, los restos de la última luz vespertina.
Allí, bajo la muralla de la ciudad vieja de Jerusalén, haríamos fila entre visitantes fatigados y popes misteriosos, para tomar el transporte -llamado sherut- de regreso a casa, por el camino del mediterráneo, después de un par de días de apasionante turismo bíblico.
La estancia del fin de semana en la ciudad de los profetas era parte de mis rutinas de aquel verano que ya tocaba a fin. Todos los viernes, al terminar la jornada de trabajo en Tel-Aviv, corría a Jerusalén y me perdía en sus profundidades, hasta que al día siguiente aparecía la primera estrella de la noche del shabat y anunciaba la hora del retorno para iniciar una nueva semana, dejando atrás los arrobos arqueológicos y las reflexiones místicas que invariablemente me dejaba la visita.
En la carretera, minutos más tarde, la limusina Mercedes en funciones de taxi colectivo, cortaba los aires enresinados y frescos de la cañada de Bab-el-Ued y tomaba rumbo a la llanura costera. Al llegar a este lugar se había desvanecido ya la atmósfera misteriosa que irradia la gran capital religiosa del mundo y rodabamos por la antigua ruta hacia el mar, sobre los pasos de los peregrinos de dos milenios.
Ahora, la oscuridad era total y el aroma de los pinos cargaba de extraños acentos al aire que entraba en el auto al tomar suavemente las curvas del camino. Conforme avanzábamos, podía verse cómo en los entronques de la carretera principal con los caminos vecinales se concentraban más fuerzas militares que las acostumbradas. Grupos de jóvenes soldados nos detenían de trecho en trecho, interrogaban al chofer e inspeccionaban el interior del sherut con sus potentes linternas de mano.
El número de puestos de revisión vehicular había crecido durante las últimas semanas. Igual se magnificaban los temores de la población israelí, ante los acontecimientos políticos recientes y un clima de enfrentamiento con los países árabes vecinos que entraba en una espiral que crecía frenéticamente.
El impacto mediático de las últimas escaramuzas de su ejército del aire con los aviones Mig sirios en el norte, así como el de la tensión creciente en el sur, a lo largo de la frontera egipcia, se desbordaba ya, entre la gente común, en una sensación permanente de angustia y zozobra.
Tanto en los barrios de Tel-Aviv, como en los cafés de sus zonas cosmopolitas o en los campos de cultivo de los kibutzím de todo el territorio, no se hablaba de otra cosa que de la inminencia de otra guerra. Ésta vez, el conflicto parecía más posible con Siria que con las otras naciones árabes; el nerviosismo colectivo se sentía con especial intensidad en los sitios turísticos y en los consulados y representaciones extranjeras.
La prensa, por su parte, tanto en lengua hebrea como árabe e inglesa, desplegaba a diario la gran interrogante:
  ---Habrá guerra?
Parte del estilo de vida local desde la Guerra de los Seis Días -seis años atrás- era un permanente estado de alerta. El nuevo enfrentamiento bélico, se imaginaba esta vez más destructivo y sangriento, porque el arsenal de ambos ejércitos era hoy día era mas poderoso y sofisticado que nunca.
Esta noche, los rostros siempre sonrientes de las bellas soldadas y el talante marchoso de los jóvenes guerreros que marcaban el alto y revisaban todos los vehículos de las carreteras, habían cambiado. Sus perfiles se acentuaban con las luces de las lámparas de revisión y sus miradas y sus voces tenían ahora la misma dureza y frialdad que el acero de las metralletas que les colgaban de sus hombros. No eran ya chicos y chicas en uniforme del servicio militar israelí; eran soldados de verdad; no eran adolescentes en un desfile de colegio; se trataba de auténticas fuerzas de combate. Eran tropas de primera clase en estado de máxima alerta de guerra, vigilando celosamente el tráfico terrestre de su país, en busca de terroristas infiltrados desde las cercanas riberas del Jordán, o de cualquier señal de peligro proveniente de los vecinos árabes.
En el interior del automóvil nos acomodábamos seis o siete pasajeros silenciosos y pensativos y, en vez de una desenfadada y típica conversación de viaje, de vez en cuando, el sonido del motor sólo dejaba escuchar monosílabos o frases aisladas de los pasajeros.
A ratos, nuestro Mercedes se detenía para dejar paso a un lento convoy de pesados tanques o de tropas que se dirigían a los altos del Golán o a la cercana frontera de Jordania. Los soldados nos hacían desviarnos cientos de metros sobre la cota del camino para evitar el pavimento destrozado por el paso de los enormes tanques de guerra, que tenían prioridad de paso y levantaban espesas nubes de polvo que entraba a bocanadas al vehículo.
Ensimismado en sus pensamientos, un rabino se hundía en el rincón del ultimo asiento del sherut, sujetando un maletín negro sobre las rodillas con gesto posesivo y sombrío; junto a él, dos jóvenes turistas inglesas no dejaban de abrir los ojos, atemorizadas por la vista de los tanques que pasaban casi rozando nuestras ventanillas; una pareja treintañera se afanaba en mantener quieto a su hijo pequeño, justo atrás de nosotros.

De pronto, como era usual en todos los transportes de pasajeros israelíes, la radio del automóvil comenzó a transmitir las noticias de la hora. En esta ocasión el tono y el ritmo de la voz del locutor eran diferentes a los de costumbre. Destacaban en ella inflexiones continuas e inequívocas de tensión; la voz noticiosa en hebreo reflejaba con crudeza una preocupación que se palpaba en el ambiente. La guerra iba a comenzar en cualquier momento.
Por un instante, mientras escuchábamos las noticias, el viejo rabino pareció despertar de su sueño levítico; las rubias británicas se pusieron más pálidas, y la pareja del asiento de atrás se removió, inquieta, pero silenciosa. La madre del crío lo aprisionó entre sus brazos y, pude advertir por el espejo retrovisor que su expresión, antes serena, se ensombreció al escuchar las últimas frases de la radio.
El locutor subía y bajaba la voz y acortaba las pausas, como queriendo describir los sucesos con mayor rapidez. Ni yo ni mi amigo entendíamos bien el idioma, pero no nos era difícil comprender que aquellas noticias no podían ser otra cosa que el recuento de daños de alguna tragedia.
Nada bueno significaba –seguro- aquel río entrecortado de palabras hebreas.
  ---Ha empezado la guerra, dijo en voz baja y con la vista fija en la bocina, el compatriota que me acompañaba.
  ---No lo creo; si así fuera, ya nos hubieran detenido por completo para movilizar con mayor rapidez a los tanques por la carretera.
  ---Míralos, por ahora van a marcha regular y no se nota en ellos sobresalto o apremio, al igual que el resto de los efectivos que hemos alcanzado a ver sobre el trayecto.
  ---Es verdad, además, ya hubiéramos escuchado el ulular de las alarmas y el movimiento de la aviación; el sonido de los cazas Phantom es inconfundible.
  ---Son mi despertador: todos los días, al amanecer, hacen rugir el aire cuando pasan, volando a gran altura sobre mi casa.

Mientras tanto, las noticias continuaban y, entre la perorata del locutor, mi amigo y yo comenzamos a percibir poco a poco palabras familiares y a reconocer nombres propios, nombres por los que ya temíamos a causa de otros acontecimientos recientes de los que la prensa internacional daba cuenta desde hacía algunas semanas, aunque diferentes y harto distantes en la geografía.
La voz era clara y no dejaba duda:…“La Moneda”…”Santiago”…”Allende”...…”Allende”…”Allende”…
La madre del niño, quien desde el asiento de atrás había escuchado nuestro breve diálogo, rompió súbitamente el silencio de los pasajeros y dijo en perfecto castellano, dirigiéndose a nosotros con voz quebrada y acento inconfundible:
  ---Saben ustedes lo que esta pasando en Chile…?
Era una judía chilena, emigrada recientemente y fervorosa partidaria del presidente socialista de su patria materna. Enseguida nos lo explicó todo con detalles y con la misma tesitura trágica del locutor israelí.
Aquella noche, luego de llegar al centro de Tel-Aviv y de tomar el autobús 503 que me dejó cerca de casa en Herzliyya, no pude despegarme de la radio, escuchando la cobertura noticiosa del golpe militar a través de la BBC hasta que empezaron a cantar los gallos del Kibutz vecino. Entonces, con un nudo en la garganta, me puse a preparar café. Era la madrugada del 12 de Septiembre de 1973.
Muy lejos de Israel, en Santiago de Chile, la tarde se ahogaba de terror; Salvador Allende había sido traicionado, depuesto y asesinado y el Palacio de la Moneda ardía en llamas tras un intenso bombardeo.
La historia contaba ya con una nueva herida abierta.
Y la nube ominosa que se cernía sobre Israel y que a muchos nos marcó también para siempre, no reventó en sangre sino hasta veinticuatro días mas tarde: el 6 de octubre, el día del perdón, el más sagrado del calendario judío, el Yom Kippur.
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Relato autobiográfico del pulquero de turno, escrito con un emocionado recuerdo a Rosario Castellanos, Reynaldo Calderón Franco, Diego Iparraguirre y Miguel Ugalde.

martes, abril 27, 2010


Góngora y José Menese: el reclamo de un galeote.

La galera pudo también haber sido romana o cartaginesa, o provenir de las playas lejanas de Fenicia o de la culta Alejandría y ser similar o acaso idéntica a las que transportaron en los tiempos oscuros a Jonás y a Ulises desde Jaffa y el Peloponeso; quizás habrá tenido el mismo porte y calado de aquellas intrépidas naves que desafiaron monstruos atlánticos y sirenas mitológicas y se atrevieron a traspasar la maldición de las columnas de Hércules, hasta acogerse al abrigo de una bahía maternal que luego todos llamaron Gades y que al paso lento de las centurias se fue convirtiendo en portal de nuevos milagros marineros en horizontes insospechados.
Y el infeliz galeote, que Góngora nos pinta esclavizado por el pirata otomano Dragut, que pudo ser (a quién le importa ya?) un pescador cautivo de la Sicilia o un corpulento herrero de Almería, cubierto de llagas y penas, sin esperanza alguna de salvación, plantando cara a los azotes y al viento en la cubierta, bajo las estrellas, lo mismo que doscientas generaciones de remeros quejumbrosos y desventurados, antes de ser pasados a cuchillo o de hundirse encadenados al navío, hasta el fondo de las aguas mediterráneas, teñidas ya de sangre antigua en las cien mil tragedias navales del poema.
Amarrado al duro banco
De una galera turquesca
Ambas manos en el remo
Y ambos ojos en la tierra...
En un milagro de transfiguración poética, José Menese mira con gesto duro al horizonte azul de la noche telúrica donde se dibuja la arena de una playa de Al Andalús y sujeta con fuerza los pesados y ásperos remos.
Su rostro se ensombrece y recoge la desesperación del galeote atribulado estremeciéndose por la vista de su tierra tras diez años de ausencia.
Baja por un instante la cabeza y aspira hondamente, como para llevar a sus adentros algunas moléculas de dolor que los siglos conservaron flotando para siempre en los aires del mare nostrum; luego deja salir lenta, muy lentamente el grito prisionero. Al principio, contenido y solemne, bordado de modulaciones y jonduras y después, franco, sin tapujos, emergiendo desde el fondo del pecho, desgarrado, atroz, reclamante:
Pues eres tú el mismo mar
que con tus crecientes besas
las murallas de mi patria,
coronadas y soberbias,
tráeme nuevas de mi esposa,
y dime si han sido ciertas
las lágrimas y suspiros
que me dice por sus letras...
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Voz de la antigüedad que el talento de Don Luis capturó y pasó por el alambique de su genio barroco.
Poema puro y primigenio, mojado por las olas, que no habría podido encontrar un intérprete más solvente y genuino, desde la lejanía del siglo de oro.
El inconmensurable cantaor sevillano en su robusta salsa; el arte rebelao en su grave madurez andaluza, íntegra y social; voz doliente y desgarrada que les reclama -sin pudores pero sin enojos- intimidades al mar y a las estrellas desde el duro banco de una galera mediterránea, frente a Marbella, en una madrugada del año del señor de 1596.
La misma exigente querella de la verdad que a ronco grito partío se desbordaba con las notas de una guitarra, hace ya casi siete lustros, en un sótano semiclandestino del número 10 de la calle Monteleón, en el barrio madrileño del 2 de Mayo, donde el pulquero escribidor de estas líneas jaleaba los cantes de José, emocionado, formando parte de la multitud de melenudos apiñados frente a docenas de jarros de Valdepeñas peleón y casi ocultos por la penumbra densa de tabaco negro.
En aquellos tiempos él mismo y sus amigos asiduos de la Peña “La Carcelera”, y el propio actuante Menese, eran jóvenes que remaban duro y oteaban horizontes sobre galeras y océanos menos crueles que los del personaje gongorino.
Es más de media noche y ésta casa ha cerrado sus puertas ya.
El personal pulqueservidor se ha retirado a descansar; reina el silencio, el músculo duerme, pero acechan los duendes.
De pronto, la emoción del cante llega hasta La Virtud y se enreda en la de la añoranza y la nostalgia; el viejo cascarrabias de Góngora se sienta con nosotros y se sirve algo también; nos acompaña -ad honorem- el incomparable Cajerito de Jeréz.
La noche es larga todavía.
Si usted sabe apreciar y gusta de la historia, la poesía, y de estas loqueras del cante jondo, puede escuchar a Menese metido en la piel del galeote mediterráneo en esta extraña y genial obra de arte, aderezada por una música alucinante. Haga clic en la liga, aquí abajito.
Si no, ni pierda el tiempo.
http://www.deezer.com/listen-4642116
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Foto: Alberto Román Vílches, www.lacalledelangel.blogspot.com

miércoles, diciembre 23, 2009


Rojo, amarillo y morado

Demonios en Madrid?

Que si, Pichi, que viva
la Republica!


Hace un cuarto de siglo pasadito, el cantante José Luís Perales hizo popular una canción de chunga que hacia burletas de un Madrid que cambiaba de piel y arrojaba a la basura sus chulerías y se meaba sin miramientos en el encanto de las corralas y hasta en el pedestal del oso y el madroño.
La pieza se llamaba, creo, "Demonios en Madrid" y era tan ingeniosa y pegajosa como los propios compases del chotis callejero que parodiaba. Se puede escuchar en nuestra sinfonola, abajo, hasta el fondo de la pagina.
Era un aquí estoy de la modernidad que llegaba pisando fuerte, sin ningún respeto para el cadáver emplumado y putrefacto que reposaba ya (por la gracia de Dios) en el Valle de los Caídos.
El gato se echaba a retozar en Las Vistillas y en Carabanchel; las madrileñas se despojaban de la peineta y alguna otra prenda incomoda para ir mas al gusto del cuerpo y de los tiempos, mientras en la Gran Vía se extinguían poco a poco los bigotitos a lo facha y comenzaban a desvanecerse para siempre los serenos y los piropos castizos de Chamberí.
El querido profe Tierno se trepaba en una escalera y piolet en mano removía las placas esmaltadas de las calles de la villa que desde el 39 lucían nombres obscenos de asesinos y genocidas; Cebrían volaba muy alto en las alas de su diario El País, Antoñete anunciaba su enésimo regreso a los ruedos, y el pulquero de La Virtud aterrizaba seguido en Barajas, de paso a su patria, aprovechando los regresos de viajes de trabajo en paises rubios y helados, y luego se echaba a la calle andando, a Casa Labra y de allí al Abuelo y a otros templos sacrosantos del rumbo, para cargar las pilas. Mezclado entre el gentio, se contagiaba y entonaba el espíritu para la tremolina.
Entonces exclamaba, sintiendose profeta (de banqueta):
--Ah, que maravilla de España, que así como te vi en los tiempos malos, y así te miro en el comienzo de los buenos, ojalá tenga la suerte de verte en los mejores, en el siglo entrante. Si ahora, recien despierta de un mal sueño, estas que no la crees de espabilá y arrolladora, qué será dentro de veinticinco San Isidros!
Y no olvidando a mas de cuatro que soñaron durante media vida con gritarlo allá, pero que el tiempo (esa abstracción azoriniana, ingrata y cruel, que a veces produce vertigo) y el infortunio del destierro no los dejaron, el salon de La Virtud, acá, se enguapece, pintado de rojo, amarillo y morao, levanta a la voz muy alto, y lanza un sonoro
VIVA LA REPUBLICA!!!