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miércoles, diciembre 15, 2010

Homenaje a Enrique Morente.

Baja Federico por la noche y, a las puertas de un zaguán de Granada, pregunta a un duende cabizbajo :
  --Donde está Enrique?
El duende permanece mudo, pero una guitarra mágica contesta, en un toque por tientos, a lo lejos, en la oscuridad:
  --Se ha marchado...
  --Se ha ido en busca de una estrella...
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Click en la imágen para verla en su tamaño original o bajarla. Elaboración casera de los pulqueros digitales de La Virtud y libre de derechos.
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POST SCRIPTUM.
En un comentario a esta entrada, el distinguido maestro Xavier González Fisher, de Aguascalientes, escribe que nuestro personaje se marchó, pero no en pos de alguna estrella, sino a alcanzar a Cajerito, porque tenían pendiente una sesión de cante. (Para quienes no lo saben, Héctor Sergio Palacios "Cajerito de Jeréz" primer flamencólogo de México y personaje fundamental de esta casa murió hace unas semanas y le dedicamos una entrada que se puede leer más abajo en este blog).
Es verdad, Maese: ellos tenían pendiente una sesión más, de tantas que tuvieron juntos. Ahora sesionarán permanentemente en la eternidad y los acompañarán forever las mejores sonantas y los grandes maestros del arte.
Tuve la fortuna de asistir a una de las primeras que "sostuvieron", allá por los albores de los ochentas; tuvo lugar en "La Siguiriya", la mitológica sancta sanctorum que tenía tu paisano Toño Macías en Iztapalapa, uno de los contados sitios donde mejor se ha escuchado el cante grande y se ha conversado con mayor sapiencia y gracia sobre toros y flamenco en toda la historia en este país.
En aquella ocasión, el grupo de cabales tertulianos -varios hidrocálidos, por cierto- se dió gusto, glosando en larga conversación un disco de Morente que este tecleador había traído recién de allá como novedad, y que no era otro que el que contenía el cante que llenó de más fama al ya entonces famoso artista granaíno:

  --Si yo encontara una estrella...

Después, Cajerito, picado y celoso (porque no aprobaba las "desviaciones" del cante ortodoxo", así fuesen de Morente) se prodigó, durante horas y acompañado del gran Negrete a la guitara, en regalarnos los cantes fornidos y rotundos que eran lo suyo, alternando con el entañable Roberto Torres, a quién se le daban mejor los palos más ligeros y nos hacía paladear con deleite su variedad larga de fandangos y jalear con fuerza sus aires gaditanos y sus añejos cantes de ida y vuelta que contaban historias de toreros viejos que cruzaban el charco a hacer la América y regresaban llenos de gloria, estragados por malarias y juergas, cargados de plata y con un loro al hombro:

  --Con el mar revuelto y brusco
    a la Habana fuimo-a-pará...

Cajerito admiraba mucho a Enrique, pero únicamente cuando el pelirrojo se ceñia a los cánones viejos, en especial intepretando las cosas de Chacón; y aunque era parco a veces, no se dejaba de advertir su emoción cuando lo escuchaba cantar reliquias de su gran ídolo Manuel Torre, a quién, como apunte curioso y dato para la historia universal del cante jondo, valga recordar que dedicó su tesis cuando se graduó de abogado en la UNAM.

En fin...mal año éste, que nos ha quitado a ambos. Allá andaran, juntos, en lo suyo, no cabe duda, buscando estrellas, tarareando bajito compases de la siguiriya nocturna de el señor Planeta o de la ominosa malagueña con que se nos aparece ahora Enrique, cantando en sueños:
  --Se me apá--reci--ooó la muerte...

martes, enero 26, 2010




Aroma de la sierra, orégano, macho cabrío...

“El Cabrero” en La Virtud.


José Domínguez Muñoz es una presencia fundamental en esta casa. Es un amigo viejo y entrañable.
Es pastor de cabras en su pueblo, cantaor, y poeta en la más prístina acepción de la palabra, porque su poesía es tan pura y lírica como la de los primeros que soñaron y versificaron en la antigüedad clásica helénica.
Le apodan El Cabrero y canta sus versos de cara a los vientos de la montaña. Su vida ha sido dura como las piedras del monte: él es un hombre del monte. Cualquiera que haya en su vida cuidado cabras lo sabe: los pastores se reconocen al encuentro.
La academia flamencóloga se empeña, chocheando, en que todos los cantaores sean de raza gitana; blasfemante, escupe por un colmillo y se retuerce de rabia porque El Cabrero no lo es, y también por su modo de vida “alternativo”. Les irrita que, además de poder con todo el repertorio del cante grande (lo que muchos gitanos ni siquiera intentan), suele ser claridoso y contestatario con el poder político. Su poder le alcanza hasta para cantar tangos argentinos, lo que tambien hace con singular soltura y empaque.
¡Qué más da!
Mientras que la gitanería caprichosa y presumida se solaza en cuevas oscuras e impregnadas de humores de camarón descompuesto, José se trepa, como el macho montés, a lo más alto de la sierra. Desde allá se divisa todo muy bien; se comprenden mejor las cosas, se sobrellevan mejor las penas y se escuchan mejor los cantes. Encaramarse a las alturas es parte del misticismo escencial del canto natural del hombre, que dice Félix Grande.
Más cerca del sol y con el viento de frente.
El Cabrero es hoy uno de los mas reconocidos y peculiares cantaores. Su voz sin afeites y su palabra clara y derecha hacen vibrar a propios y extraños, igual en Sevilla que en Bruselas o acá en Torreón.
Ejecutante de la vieja escuela de Juan Talega y otros monstruos sagrados de la mitología, aporta un estilo hondo y trascendente al flamenco puro y lo enriquece con una aproximación genuina y fresca, que el dogmatismo trasnochado lleva treinta años queriendo encasillar como ajena y heterodoxa.
A propósito de estas geniales bulerías del macho montés, JUANSINFRONTERAS dice de él en Youtube, de donde hemos tomado este video:
“El poeta es aquel que ve lo mismo que los demás, pero el único capaz con sus palabras sencillas de sacarle todo el brillo de la belleza.
Cabrero, te pareces al águila cuando arrancas por bulería y sobrevuelas con tu potente voz al cabrío trepando a los riscos y asimismo al río bajando al llano. Esta bulería tiene duende y tu voz le da la resonancia que la hace grande. Me emociona hasta el tuétano"
A nosotros igual.
Y si fuera torero, sería sin duda un diestro de aroma y personalidad rotunda, como "El Pana". Y no digo torero mexicano, porque José, para ponernos quietos, se arrancaría cantando su poderosa y tierna "Luz de Luna", de nuestro oaxaqueño Álvaro Carrillo, .
El Cabrero, cantaor y poeta de Anzalcóllar; un grande en La Virtud.