
Desde hace algunos días tenemos observadores permanentes en la acera de enfrente. Se encuentran allí día y noche, justo cruzando la calle, a unos metros a las puertas de La Virtud.
Se trata de dos oficiales de policía y un soplón de civil.
Fíjense como nos observan; no se pierden detalle; toman nota de quien entra y quien sale de nuestro establecimiento y hasta se muestran desafiantes y provocadores, caminando sobre la banqueta y haciendo florituras con la macana.
No se mueven de su lugar; solo caminan unos metros y se dan la vuelta para llamar por el celular o recibir misteriosas llamadas.
Hace un rato, cuando llego “Curro Copetes” a trabajar, dijo:
Dando pasos cortos y unos saltitos, garboso y pinturero, como si estuviera fernte a un bravo astado en una plaza abarrotada de público, los citó de largo:
El único que se atrevió a embestirle a nuestro banderillero y despachador tlaxcalteca fue el viejo: trastrabillando y balbuceando insultos y mentadas, se le dejó venir con la intención, no de cornearlo, sino de tacklearlo, pero el Curro, con la agilidad que lo caracteriza, le dibujó un torerísimo quiebro y, haciendo la suerte de Calafia, le clavó el par de garapullos en el ala del cochambroso sombrero, al tiempo que el enfurecido Don Pilar azotaba de bruces en un charco de agua, a mitad de la calle.
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Foto de The San Diego Historic Society.
